ELEMENTOS PARA UN DEBATE INFORMADO
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conjunto con Juan Oliva
-Presidente de la Asociación de
Economía de la Salud.
La sanidad es el
servicio público sistemáticamente mejor valorado por los ciudadanos (aquí).
Dentro del discurso político de los últimos años ha sido un lugar común el
referir la calidad de nuestro sistema sanitario aludiendo a sus buenos
resultados en salud, a su bajo coste en comparación con lo de otros sistemas de
nuestro entorno y a defender (aún cuando no se apuntara amenaza) a sus
principios de universidad, solidaridad y equidad.
En realidad, aún
siendo la asistencia sanitaria un pilar básico de nuestro Estado del Bienestar,
la salud está plurideterminada por múltiples factores, de los cuales la sanidad
es un elemento básico, pero no único, por lo cual no conviene olvidar la
influencia del clima, la renta, la educación, o las decisiones individuales
(hábitos) y colectivas (entornos y elementos institucionales), entre otros
factores (aquí).
En segundo lugar, el discurso sobre el bajo coste de nuestro sistema es puesto
en duda por expertos en el tema (aquí).
Es cierto que nuestro gasto, ajustado por renta, es inferior a la media de
otros países europeos, pero lo que podría ser cierto respecto a países con
sistemas sanitarios de una forma de organización diferente (modelo Seguridad
Social como Francia o Alemania), deja de serlo cuando nos comparamos con países
con modelos de naturaleza similar al nuestro (tipo Sistema Nacional de Salud:
Suecia, Reino Unido o Italia). Es decir, gastamos más o menos lo que
corresponde a nuestro nivel de renta. Una tercera cuestión, con la que cerramos
esta breve entrada, es que, reconociendo la excelencia del capital humano que
trabaja en el sector sanitario y la más que razonable dotación de medios
físicos y técnicos e innovaciones en el mismo, desde hace tiempo se habían
apuntado tensiones en nuestro sistema sanitario y muchas voces abogaban por
abordar reformas sensatas. Cambios largamente retrasados pero que no podían
seguir siendo aplazados indefinidamente (aquí)
si querían realizarse con calma, dado que la alternativa era afrontarlos con
carácter de urgencia cuando la coyuntura económica fuera desfavorable (aquí).
Es útil señalar lo
anterior para prevenirnos de discursos extremos en ambos sentidos, como “el
sistema sanitario español es el mejor de los sistemas” o “la sanidad pública es
fuente de ineficiencias y no es sostenible”.
La polémica que
estamos viviendo en las últimas semanas ante las medidas de reforma sanitaria
propuestas por el gobierno de la Comunidad de Madrid revela alguno de los
peores rasgos de nuestro sistema y subraya que en modo alguno hemos cumplido
con nuestros deberes. En la misma se confunde elementos básicos como la
financiación con la provisión y con la gestión de los servicios y se mezclan
mensajes que responden a elementos ideológicos pero no al conocimiento
científico-técnico, lo cual pone de manifiesto la opacidad del sistema y la
ausencia de normas de buen gobierno en la sanidad.
Centrando el discurso
en la sanidad financiada con recursos públicos (las ¾ partes del gasto
sanitario total en España), durante las dos últimas décadas hemos experimentado
con todo tipo de fórmulas de gestión y cambios de formas organizativas. Así,
dentro de la gestión pública sanitaria, hemos observado cómo en el campo de la
gestión directa, modelos basados en enfoques de gestión tradicionales han
convivido con otro tipo de gestión de carácter gerencialista aplicados en
institutos y unidades de gestión clínica, y ambos con distintas fórmulas de
entidades con personalidad jurídica diferenciada (entes públicos, consorcios,
fundaciones, sociedades mercantiles públicas, organismos autónomos y entidades
públicas empresariales), cuyo objeto era la búsqueda de una mayor flexibilidad
en la gestión, al pasar del marco normativo público-administrativo (más rígido)
al propio del derecho privado (más flexible). Junto a ello, han proliferado
fórmulas de gestión indirecta en las cuales la provisión del servicio es
realizada por una entidad privada, que puede tener o no ánimo de lucro, bajo la
supervisión del financiador (público) del servicio y articulada mediante
acuerdos contractuales de larga duración.
Dentro de las fórmulas
de gestión indirecta cabe distinguir la experiencia de las Entidades de Base
Asociativa (conocidas como EBAs, entidades de tipo cooperativa), fundaciones
privadas (sin ánimo de lucro, muy comunes en Cataluña) y las sociedades
mercantiles (entidades con ánimo de lucro y de titularidad privada). Dentro de
estas últimas, cabe distinguir entre los conciertos y convenios efectuados para
la prestación de servicios sanitarios (un tipo de colaboración público-privada
de larga tradición en el medio sanitario español) y las más novedosas
concesiones de obra pública para la construcción y gestión del edificio
sanitario y la provisión de servicios no sanitarios (Private Finance
Initiatives-PFIs en su acepción anglosajona) y las concesiones administrativas
para la construcción y gestión del edificio y la provisión de servicios
sanitarios y no sanitarios para una población definida (el llamado “modelo
Alzira”, para una explicación en detalle véase aquí
y aquí).
Llegados a este punto,
el lector avezado se preguntará qué modelo ha demostrado ser más ventajoso y en
base a qué variables presupuestarias y de calidad asistencial (el balance
coste-efectividad) se ha evaluado la bondad de los modelos o, cuando menos,
cuáles son las fortalezas y la debilidades detectadas en cada uno de ellos. La
respuesta, como el lector tristemente imagina, es que no se han evaluado. Dos
décadas de experimentos en gestión directa (pública) o indirecta (privada),
salvo en contados casos (aquí,
aquí
y aquí),
no han conseguido ir más allá de cuestionadas narrativas de éxito (aquí,
aquí).
Resulta amargo constatar que para obtener algún conocimiento sobre la cuestión
debemos recurrir a la literatura internacional (aquí,
aquí,
aquí,
aquí,
aquí,
aquí,
aquí,
aquí,
aquí,
aquí, aquí, aquí).
La principal conclusión de la reciente experiencia británica, bandera en
experimentos de colaboración público privada, es que la gestión privada de los
servicios sanitarios no es necesariamente mejor que la gestión pública…ni al
contrario. Factores tales como el entorno administrativo e institucional, la
cultura de los centros, las condiciones de los contratos y la adecuada
supervisión por parte del financiador de la calidad del servicio prestado son
los elementos a tener en cuenta cuando se analizan estos casos.
Alternativamente, fomentar la competencia entre centros (con independencia de
la forma jurídica de gestión), sí puede ofrecer mejoras en sus resultados.
¿Podemos permitirnos
el lujo de gastar nuestros recursos en políticas públicas que no funcionan? (aquí)
La cuestión de fondo reside en que los principios rectores tradicionales del
sistema sanitario- universalidad, solidaridad y equidad- necesitan ser
complementados por otras normas de buen gobierno como son la transparencia y la
rendición de cuentas a la ciudadanía, la participación de los agentes en las
decisiones, la promoción y la defensa de una cultura de integridad, buenas
prácticas y de ética profesional a todos los niveles y la consideración de
criterios explícitos de eficiencia y calidad en la toma de decisiones, todos
criterios ellos prácticamente ausentes (no parecemos aprender) de la cultura de
gestión española.
Un gobierno sanitario
que no avance en estos aspectos no podrá involucrar al resto de profesionales y
sociedad civil en la compleja tarea de avanzar en la solvencia del sistema
sanitario. Recortes indiscriminados conllevan una erosión de la calidad del
sistema y el desapego de los profesionales. Políticas no justificadas arriesgan
la desafección del ciudadano hacia el sistema sanitario público y hacia sus
representantes. Un lema repetido hasta el absurdo en los últimos tiempos es que
hay que tomar decisiones valientes. Y probablemente sea cierto. Pero no menos
cierto es que ante todo deben primar las decisiones inteligentes e informadas previamente
por el conocimiento científico y técnico disponible.
Este post inicia una
serie de artículos que tratan de aportar luz sobre la cuestión tratada para,
sin obviar la dificultad de la tarea, contribuir al debate sobre la misma. En
una próxima entrada se aportará la escasa evidencia sobre gestión pública y
gestión privada. Seguirán otras entradas que valorarán en profundidad las
opciones existentes.
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